DE OLLAS, CUCHARONES,

CABALLOS, GASES Y ABUELOS

por Laura Minerdo

 

Eran las once de la noche del miércoles 19 de diciembre. Sentados en la mesa, luego de cenar, Guillermo, Cecilia y yo esperábamos escuchar el discurso del presidente De la Rua. Minutos más tarde, el estado de sitio era declarado formalmente.

En forma inesperada, luego de aquella  noticia, comenzamos a escuchar cacerolas que se golpeaban fuertemente. Era el “cacerolazo espontáneo” que daría paso a un período trágico e inolvidable en la historia de la política argentina.

Salimos a la calle, sin entender bien qué era lo que estaba pasando. Nos sorprendió encontrar a una multitud apostada en las puertas de sus casas: padres, madres, niños que levantaban banderas argentinas... todos estaban manifestando su repudio al sistema económico imperante.

Enseguida, quisimos ser partícipes de aquello que estaba sucediendo, y subimos a buscar nuestro “armamento”  de ollas y cucharones.

Eran ya las doce de la noche y estábamos presenciando una quema de residuos en la Avenida Entre Ríos, cuando la gente (sin previa convocatoria) comenzó a marchar hacia el Congreso. No sé bien por qué lo hicimos,  pero comenzamos a seguir a aquella masa que no dejaba de golpear enérgicamente lo que tuviera a mano.

Unas cuadras antes de llegar al palacio parlamentario, recordé lo que mi mamá me había dicho esa misma noche por teléfono: “no te metas en líos” (frase que ha quedado marcada a fuego en todos aquellos que durante su adolescencia tuvieron que vivir bajo un régimen militar). Pero la sensación de estar haciendo algo bueno, era más  fuerte que todas las advertencias.

        El bullicio y la convocatoria eran impresionantes. Las escalinatas del Congreso parecían una tribuna de cancha, la gente improvisaba cantos populares evocando a Cavallo, De la Rua, el estado de sitio... En fin, el gobierno era el blanco.

        Lo que  más me llamó la atención, fue la miscelánea que se veía representada en aquella multitud: desde niños bailando al compás de los cantos, hasta personas con sus mascotas o en bicicleta.

        Comenzaron a llegar columnas desde la Avenida Rivadavia que se dirigían hacia Plaza de Mayo,  y  alentados por aquel gesto, emprendimos el camino con ese nuevo destino.

        Todo era pacífico, y a pesar de la hora, las calles estaban repletas de gente. La ciudad parecía un gran hormiguero.  Es verdad lo que dijo el periodista Lanata: “Cuando la gente hace historia no camina por la vereda, sino que camina por el medio de la calle”. Y esa era la imagen que entonces ilustraba  Buenos Aires.

        A lo lejos, comenzaba a asomar la Casa  Rosada. Cuando por fin pudimos llegar, nos dirigimos a un costado de la Plaza para admirar aquello: casi como un himno, la gente entonaba “¡¡¡el pueblo, unido, jamás será vencido!!!”

        No pasaron más de cinco minutos de nuestro arribo, cuando de repente la gente comenzó a correr sin, motivo aparente, y lo mismo hicimos nosotros. Nos refugiamos en la esquina de Reconquista sin entender qué era lo que estaba pasando.

        Observando atónitos la Plaza, pudimos ver cómo la policía comenzaba a arrojar gases lacrimógenos en todas direcciones, sin discriminar. El estallido fue peor. La gente, ahora aterrorizada, corría por las calles aledañas al lugar. Lo que había comenzado como un reclamo popular y democrático, era ahora un caos total.

        Emprendimos la retirada, y recuerdo haber visto a mi costado madres corriendo con sus hijos en brazos, con la cara congestionada de tanto llanto, no sólo por los gases, sino también por el miedo.

        Un abuelo de unos 70 años tropezó y cayó delante nuestro. “¿Qué me pasó? ¡Me duele la pierna!”,  gritaba,  sin advertir los cortes en su cara, manos y codos. Nos detuvimos a ayudarlo. De lejos, se sentían más disparos, y una nueva corrida invadió la calle. Lo levantamos enseguida para evitar que alguien lo pisara.

        A unos metros, había una ambulancia estacionada, que permaneció indiferente a aquella desgarradora imagen. Un grupo de adolescentes comenzó a ayudarlo para poder sacarlo de allí. Los gases empezaban a irritarme los ojos, la nariz y la boca y tuve que correr unas cuadras con el buzo sobre mi cara, tomada de la mano de Guillermo.

        El viento arrastraba los gases a varias cuadras a la redonda. Cuando por fin pude abrir mis ojos, fui testigo de aquello que jamás debería haber pasado: gente angustiada, llorando. Otros con crisis de nervios. El canto ahora era otro: “¡Hijos de puta, hijos de puta!”. Los otros incidentes sucedieron después de la represión: los bancos saqueados, los vidrios rotos. No los justifico, pero ahora puedo entenderlos. La indignación era un sentimiento generalizado.

        Minutos más tarde, llegábamos al obelisco y nos enterábamos que Cavallo había renunciado. La alegría volvía nuevamente. Pero ya no era lo mismo.

Eran las dos de la mañana, y emprendíamos el camino de regreso.

 

        Ahora vuelvo a recordar todas las extrañas emociones que sentí aquella noche. Una mezcla entre tristeza y alegría, miedo y coraje, frustración y aliento. Inevitablemente, recuerdo todo aquello que aprendí en la Facultad, y no hablo sólo de derechos, sino también de ética y moral.

        En una sociedad individualista y materialista como aquella en que nos hemos convertido, guiados por  falsos  valores, gestos de solidaridad como los que presencié aquella noche, son un suspiro de alivio.

        Piquetes, escraches, cacerolazos...  nuevas herramientas que descubrimos ya sea a  manera  de castigo o como reclamo de la clase trabajadora,  tiñeron más que nunca a la Argentina de estos últimos dos años.

        Días más tarde volví a recorrer esas mismas calles por las que había transitado esa noche. Grandes círculos marcados en el pavimento, vestigios de lo que habían sido fogatas, eran la señal de cada esquina.  Después vendrían los saqueos, los cambios de presidentes, las medidas económicas y el adiós a la convertibilidad. Los golpes bajos para los ahorristas.

        Revolución y anarquía fueron las palabras preferidas de aquellos periodistas que, tal vez respondiendo a intereses políticos de gobiernos pasados, comenzaron a vaticinar un posible golpe militar.

        Incertidumbre, miedo y dudas. Hambre y desocupación. Cifras que se manejan muy lejos de la realidad social y una línea de pobreza que poco a poco va tragando todo a su paso, como un gran monstruo gigante.

          Maquiavelo, en su obra “El príncipe”  advirtió respecto al Estado que “los males que nacen de él, cuando se los descubre a tiempo, lo que sólo es dado al hombre sagaz, se los cura pronto; pero ya no tienen  remedio cuando, por  no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto que todo el mundo los ve”.  Seremos eternas víctimas de este fatídico destino hasta tanto los políticos no aprendan a interpretar las necesidades del pueblo y las traduzcan en soluciones reales.