DERECHOS EXISTENCIALES Y LA CUESTIÓN SOCIAL.

(Un bosquejo para su conocimiento y valoración)

por Hector Raul Sandler

1. Los derechos subjetivos de las personas sólo se comprenden dentro de un cierto sistema. Esto aparece claro cuando se trata de determinar los derechos subjetivos de un individuo concreto en una situación de la vida real. El referente necesario para esa determinación es el “ordenamiento jurídico” en que se ha dado esa situación y al que pertenece ese sujeto jurídico. Un individuo puede ser titular de cierto derecho en el derecho objetivo de la nación  A , pero  carecer de semejante derecho en la nación B.

Salta a la vista que las afirmaciones precedentes consideran  como sistema de referencia a lo que denomino “ordenamiento jurídico”, entendiendo por tal un conjunto de proposiciones conteniendo normas jurídicas, fundado en ciertos principios generales y configurable en un sistema teóricamente cerrado. Es muy frecuente identificar la noción de “derecho en sentido objetivo” con ordenamiento jurídico y tener por única ciencia jurídica a lo que se conoce como ciencia dogmática jurídica. Este  es un conocimiento especializado en la determinación de las normas jurídicas aplicables a un caso de la vida y es empleado a diario en el asesoramiento profesional, en la vida práctica por los destinatarios de esas normas y por los jueces para dictar sentencias. Para todos ellos, el derecho en sentido objetivo – en termino muy general, la ley – es un dato.  El creciente poder del Estado contemporáneo y el monopolio que se ha atribuido en el dictado de las leyes, ha obrado fuertemente para que el común de las personas tenga al conjunto de leyes e interpretaciones judiciales como el “derecho” de determinado país.

 

2. Sin embargo los mismos Estados suelen firmar tratados internacionales que no sólo contradicen esa concepción dominante, sino que dan por descontado la existencia de otros derechos subjetivos fuera del ordenamiento jurídico , también llamado derecho positivo estatal. Así la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por la asamblea de las Naciones Unidas, en su artículo primero expresa: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” . He subrayado la palabra “derechos”  porque con ella se reconoce (en el contexto de la frase y de toda la Declaración), que existen derechos de los hombres por fuera del derecho positivo de cada Estado. Son los que están en una caja de sastre bajo el rótulo “derechos humanos”.

Nuestra propia Constitución Nacional está enrolada en esa concepción. Basta con leer con atención el Preámbulo, en el que los constituyentes declaran lo que declaran “invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia” y el articulado del Capítulo Primero “Declaraciones, derechos y garantías”, en el que no solo se reconoce a los hombres el derecho a cumplir una serie de libres acciones públicas y privadas , sin que el derecho dictado por el Estado pueda puede prohibirlas  (Art. 28),  sino que admite la existencia toda una cantidad indeterminada de conductas exentas de la autoridad de los magistrados y reservadas al juicio de Dios (Art. 19). 

 

3. ¿Se trata de residuos del hoy descalificado Derecho Natural? Que los hombres por milenios consideraron que existía un superior ordenamiento jurídico,  de origen no humano, al que debía ceñirse el derecho dictado por el poder político,  está fuera de cuestión.  Pero, también es verdad que, como parte de un vasto proceso de evolución cultural, a partir de mediados del siglo XIX, el Derecho Natural (en todas sus versiones) fue primero puesto en duda, hasta que,  finalmente,  quedar descartado como algo real, al menos  por la filosofía y ciencias sociales dominantes en  el siglo XX.

Sin embargo, ese descarte de tal Derecho Natural no ha impedido que los hombres de muy diversas sociedades , en determinadas situaciones de la vida social, invoquen “derechos humanos” o “fundamentales” , a los que consideran existentes , no solo por fuera sino en  oposición a leyes  dictadas por el Estado. A semejanza de los artículos  citados de nuestra Constitución y de la Declaración de la Asamblea de la ONU, hay que agregar, entre otros, pronunciamientos  como los de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, de la Revolución Francesa, el Bill of Rights que se enmendó la Constitución de los EEUU, y otros más recientes  como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Pero además, en segundo, pero no inferior lugar, los cotidianos reclamos formulados por destacados hombres aislados y en ocasiones por enardecidas  multitudes en diversos lugares del mundo, protestando por la violación de ciertos derechos a los que estiman fundamentales. No pocas veces es denunciado como principal violador al  derecho positivo dictado por  los Estados nacionales. Las conocidas protestas contra  fenómenos derivados de la denominada “globalización”  - muchos de ellos consistentes en normas de derecho positivo - es una de las tantas muestras que expresan ese “renacimiento” sui generis de la creencia en un derecho natural.

 

4. Sin embargo no parece necesario ni conveniente  reabrir el debate sobre la existencia del Derecho Natural. Debate interminable  que difícilmente acabaría en su aceptación. Desde la perspectiva histórica y vistos los argumentos utilizados en el centenario debate anterior , la suerte está definitivamente echada en contra de un sistema de Derecho Natural. A lo sumo se lograría  conseguir un cierto consenso sobre lo propuesto  por el  filosofo italiano Norberto Bobbio en esos términos:

“El problema del fundamento de un derecho se presenta en forma diferente según se trate de un derecho que se tiene o de un derecho que se debería tener. En el primer caso buscaré en el ordenamiento jurídico positivo, del cual formo parte como titular de derechos y deberes, si existe una norma válida que lo reconozca y cuál es ésta; en el segundo buscaré buenas razones para sostener su legitimidad y para convencer a la mayor cantidad de personas posible, especialmente a los que detentan el poder directo o indirecto de producir normas válidas en aquel ordenamiento, de la necesidad de reconocerlo” [Bobbio N., El tiempo de los derechos, Editorial Sistema, Madrid, 1991, subrayado, nuestro].

No es  esta una idea demasiado fructífera. Es fruto de la falacia consistente en identificar consenso con verdad. Se trata más bien un desplazamiento de la cuestión, pues no se nos da explicación alguna acerca del por qué cierto protoderecho merece ser reconocido por la autoridad. Conocer y reconocer según el diccionario de la lengua tienen significados semejantes. Sin embargo el prefijo ‘re’ en el verbo ‘reconocer ‘denota la idea de una repetición de la acción o la de admitir lo que antes se negaba’, lo que – para este caso – quien brega ante la autoridad para que se le ‘reconozca’ un derecho, alude a algo que – por alguna razón, que Bobbio no da – merece ser incorporado al derecho positivo estatal.

Sin embargo hay algo sugerente en la idea de Bobbio. En ella palpita el reconocimiento a una situación parecida al que actúa para que se le reconozca la paternidad, tomado esto como ejemplo.  En este caso se trata de elevar al status de ordenamiento jurídico lo que como preforma  ya pertenece al ordo naturalis , al mundo de lo real. La preforma de la paternidad jurídicamente reconocida está en el orden biológico. Desde este punto de vista puede sospecharse que cuando alguien o algunos pretenden convencer a la autoridad  que tienen un “derecho” que merece ser legitimado,  hay cierta realidad que esta ofreciendo su materia en condiciones tales que debe ser expresado por el derecho positivo u ordenamiento jurídico. Esta materia proviene de los órdenes específicos extrajuridicos en que se vertebra la realidad toda y dentro de ella el hombre y la sociedad humana.  Bobbio no aclara la razón de la existencia de estas “preformas” .  No puede aclararlo porque – como la mayoría – no distingue entre ordenamiento y orden y menos aun entre derecho positivo y orden jurídico.

 

5. El orden jurídico es otro sistema. Solo que en lugar  de ser un sistema de normas (caso del ordenamiento jurídico), es un sistema de relaciones sociales reales.  Mejor aún:  un sistema social especial que junto con otros,  los hombres reales, vertebran con su actuar cooperativo en la sociedad. Ordenes reales que en recíproca retroalimentación dan lugar a esa  totalidad llamada con el  nombre colectivo de “orden social”. 

El orden jurídico ha de ser visto como una unidad, integrada por múltiples elementos ( personas y cosas) , en variadas y reciprocas relaciones de hecho , las que se cumplen según pautas regulares. Unidad que comparte la realidad social con otros órdenes unitarios de vida, todos los cuales, a su vez, forman parte de órdenes mayores. Es en ese orden de vida llamado orden jurídico dónde aparecen derechos subjetivos de esos hombre en tanto personas. En el ordenamiento jurídico no hay personas; hay sujetos jurídicos. Media gran diferencia conceptual entre persona y sujeto jurídico. Cualquier entidad a la que el ordenamiento haga centro de imputación de derechos y obligaciones, se trate de un ser humano, de una asociación de hombres, de una herencia vacante o de un patrimonio de afectación, es un sujeto jurídico. En cambio en el orden jurídico solo los seres humanos son sujetos de derecho. En el ordenamiento jurídico hay sujetos jurídicos; en el orden jurídicos hay hombres. La dogmática jurídica ha identificado ambos conceptos con grave confusión. Mientras en el orden jurídico es imposible negar personalidad a cualquier hombre, en el ordenamiento es posible que algunas personas no sean sujetos de derecho. Así los esclavos en la antigua Roma y en toda sociedad esclavista o bajo en el nazismo del IIIer. Reich, en el que los judíos no eran sujetos de derecho. Esto es legal dentro del ordenamiento; pero es una aberración dentro del orden jurídico. Lo importante – desde esta perpectiva – es que  el orden jurídico es el tribunal ante que debe rendir cuenta de su legitimidad el derecho positivo.

 

6. Ahora podemos obtener una primera conclusión: es en el orden jurídico en donde florecen , según el estadio de evolución espiritual de la humanidad,  los derechos humanos. Aquellos derechos que corresponden sin excepción posible a todo hombre,  pues son facultades que corresponden  a su singular estructura ontológica, sin cuya existencia y goce el ser humano deja de serlo o es degradado como tal. 

Ahora bien:  es desde el orden político, como  lugar real, el sitio desde el cual el titular del poder o  la fuerza que ese orden confiere, quien ha de poner en existencia al derecho positivo (ordenamiento jurídico), cuya función es hacer patente al derecho que en  orden jurídico late. En otras palabras, la función del ordenamiento jurídico es manifestar al orden jurídico, haciendo claro y cierto, lo que es oscuro es impreciso. En el acto de positivar, el poder político puede acertar o errar (por ignorancia o intereses egoístas) y poner en existencia con sus proposiciones normativas un ordenamiento jurídico correcto o  incorrecto.  Entonces cobra sentido la expresión de Bobbio: quienes visualizan por su sabiduría   ciertos derechos del hombre desde la perspectiva del orden jurídico, bregan, luchan, para que el poder político los reconozca. Es decir los haga patente dictando la proposición pertinente.  Que los haga visible y de obligatorio respeto ya  por voluntaria aceptación o compeliendo por  la fuerza coactiva que el orden político le confiere.

 

7.  ¿En que consiste esa sabiduría que permite reconocer en el orden jurídico a los derechos del hombre? Consiste en un refinado conocer de dos realidades constitutivas de los fundamentos ontológicos del ordenamiento jurídico.

El derecho positivo no es el resultado de un ejercicio lúdrico. Es el efecto del intento de la autoridad para resolver problemas sociales. La necesidad de positivar una norma jurídica (contenida en proposiciones muy diversas, que van desde una ley a una sentencia, pasando por cualquiera de los tantos actos jurídicos que los hombres celebrar para normar sus conductas) , aparece ante una situación problemática. Cuando en un punto del orden social, la textura normativa que regula nuestras conductas , por alguna circunstancia, se ha roto o tornado incierta, necesitamos del derecho positivo.

A modo de ejemplo, contemplemos el orden natural obrando en el ser humano. Este orden determina que alrededor del primer septemio de vida, no solo cambia sus dientes sino que sufra  una gran transformación en todos los estratos de su ser. Otro cambio ocurre alrededor del segundo septemio:  la adolescencia. Un tercero, cuando alrededor de los veintiún años entra en la edad adulta. Son leyes de la realidad natural , de las que dan cuenta la biología y la sociología, entre otras ciencias. El legislador al ordenar el sistema educativo, o los derechos civiles, las tiene muy en cuenta. Pero les da acabada certeza. Allá donde el orden de la naturaleza es inexorable, pero impreciso, el ordenamiento jurídico  lo hace claro y cierto.  Hay indudable potencia ordenatoria en  la ley jurídica  creada por la autoridad; pero de su existencia no se concluye que pueda ser arbitraria.

Lo que hemos descrito como “realidad natural” – mediante los ejemplos dados – son para el formulador del derecho positivo datos de una realidad material que contiene determinaciones que constriñen su poder ordenatorio.

Pero el ser humano solo en parte está determinado por las leyes físico-biológicas. Su estructura  es esencialmente espiritual. Por su espíritu y  en proporción a su refinamiento espiritual, percibe exigencias de un  mundo  no sensible. Invisible a los ojos físicos, pero perceptible  a los ojos del espíritu.  Los hombres “visualizan” exigencias provenientes de una realidad espiritual de la cual dimanan exigencias de igualdad, justicia, fraternidad, entre otras, a las cuales deben responder al dictar normas jurídicas para solucionar las cuestiones de orden que la vida social les plantea.  Todos exigimos que las  leyes, las sentencias u otras actuaciones normativas que se pongan  en existencia, sin perjuicio de respetar las determinaciones de lo material, sean  justas, seguras y oportunas. Tienen que responder a exigencias provenientes del  mundo invisible de lo espiritual.

 

8.No cuesta mucho esfuerzo reconocer que sin fuerza o poder no hay derecho positivo en el mundo. Pero también salta a la vista que ese poder  ha de sintetizar en efectivo  acto de creación determinaciones provenientes de la realidad material con exigencias provenientes de la realidad espiritual. El grado de belleza de esa obra de arte llamado ordenamiento jurídico se aprecia en el  grado de corrección del derecho positivado. Esto es,  del acierto que se ha tenido al poner a la luz lo que el orden jurídico contenía en latencia.

Ahora estamos en mejores condiciones para reconocer que el nombre colectivo “derechos humanos” se refiere a efectivos derechos del hombre. Pero para una mejor comprensión y distinción entre esos diversos derechos humanos, hay que  describir , aunque sea de modo general , la estructura del ser humano. Nada mejor para ese fin que empezar reflexionando sobre lo que vemos al contemplar con toda seriedad el cadáver de una persona que acaba de fallecer. Allí está,  tal cual era hace pocos momentos. Pero lo que aquí está es solo un cuerpo físico, sin vida. Hablamos, con respeto, de sus restos.  Lo que resta de la persona luego que algo ha partido de este mundo.

Yace ante nosotros como dormido. ¿Es acaso, sin embargo,  lo mismo que era ayer cuando efectivamente dormía?  De ninguna manera. Verdad que dormida yacía como muerta; pero era entonces un ser con vida. En su dormir estaba inconsciente. No habría respondido a nuestras preguntas,  entregado al reparador descanso. Pero estaba  con vida. Una vida , si se quiere, vegetativa. Fue tan solo al despertar de su dormir cuando se reanimó. Ciertamente estaba animado, pues ya despierto  respondió a nuestro saludo. Sin embargo  le hubiera resultado difícil leer un texto oscuro o hacer un cálculo matemático. Solo después de cierto tiempo, dependiendo de la psiquis de cada cual, estuvo despabilado, en plenitud de su capacidad para razonar, discutir , analizar.

Valga esta breve descripción para sostener que el hombre es un ser corpóreo-vital-anímico-espiritual. Tiene una estructura cuaternaria.  Encontramos muchas semejanzas del hombre con el animal. Pero este solo tiene una estructura ternaria: físico-vital-anímico. Es sensible, inteligente, pero incapaz de prometer ni de comprometerse.  Binaria es la de los vegetales, cuya vida es innegable, pero carecen de ánimo. Y, finalmente, tan solo  unitaria es la de la materia inorgánica. Su complejidad es asombrosa, pero se agota en lo físico.

El espíritu es así lo que lo distingue al hombre de todos los demás seres con existencia material . Este peculiar  estrato de su ser no solo  lo singulariza del resto de la creación , sino que lo hace único entre todos los hombres. Hay genero humano, pero no especie humana, porque cada hombre es un mundo.

 

9. De esta estructura cuaternaria nacen derechos del hombre . Pretensiones que tienen que ser satisfechas para que pueda conservar la vida como don recibido , por una parte , y por la otra, para poder realizar sobre esa base material  su vida , su  biografía única. 

Estas pretensiones se  dirigen,  algunas,  a sus semejantes , como individuos contemporáneos,  y otras a la sociedad ( como un todo diferente de las partes que lo integran ),   en tanto ella  constituye su indispensable hábitat. Analizar ambos tipos de pretensiones es sumamente importante, pues no son homogéneas. Solo algunas de ellas parecen ser el núcleo de derechos  existenciales, en el sentido que de no ser satisfechas de modo completo, el individuo perece. Otras, en cambio, aunque satisfechas inadecuadamente , si bien no causan la muerte del individuo, dificultan  su desarrollo como persona. Estas  dan lugar a lo que pueden llamarse derechos de la personalidad.  Y finalmente, en este rápido bosquejo, por la condición de ser social del hombre, padece necesidades de orden, las que insatisfechas, si bien no causan su muerte, ni impiden de modo absoluto  el desarrollo de su persona, frustran la realización de su vida plena. Esta última pretensión  sería el núcleo de derechos sociales del hombre. Desde esta  perspectiva habría tres categorías de derechos humanos: derechos existenciales, derechos a la personalidad y derechos sociales. Es tarea de la autoridad, como históricamente ha ocurrido, poner en existencia ordenamientos jurídicos que hagan viables a esos tres derechos humanos en términos armónicos. Pero no se piense que ello ha de lograrse en forma directa. Se lo ha de lograr indirectamente respetando a la vez esos tres derechos , en su medida adecuada,  en cada uno de los específicos órdenes que el hombre configura en el orden social. El intento de lograrlo de una vez , en forma directa,  es la causa de tantas declaraciones vacuas, subsistentes en los documentos, pero inexistentes en el orden social concreto.

 

10. En forma muy sumaria hemos dicho que la satisfacción de tales derechos depende en parte de individuos contemporáneos ( ejemplo clásico, pero no exclusivo,  es la familia).   Y en parte deben ser satisfechos por la sociedad considerada como el organismo que brinda cobijo a sus miembros. Dado el desarrollo de la sociedad humana en la actualidad, es obvio que la palabra “sociedad” no refleja acabadamente quienes son  los obligados a satisfacer aquellos derechos. Todo el sistema institucional creado a lo largo de la historia de la civilización, propio de cada uno de los órdenes especiales que el actuar de los hombres forma en la sociedad, queda involucrado en la obligación, la que cada uno de esos órdenes debe satisfacer a su manera. Es preciso destacar aquí, que el derecho positivo, como sistema potencialmente capaz de interferir en la manera de ser de todos los demás órdenes que el hombre configura, tiene un papel tan central como descuidado. Es muy razonable pensar que gran parte de los problemas que afligen a la sociedad  argentina sean causados por su enmarañado  ordenamiento jurídico. Su opacidad es tan grande que no permite siquiera vislumbrar dónde,  ese ordenamiento , asegura de modo efectivo, la vigencia de los derechos humanos en el orden económico, político y cultural.  Ninguna extrañeza debiera causar, en consecuencia, el general estado de desorden que caracteriza a la sociedad Argentina y sus bruscos y frecuentes ataques como si tratara de liberarse de una telaraña que la asfixia.

 

11. Para dar una pista a necesarias reflexiones, propongo considerar que la sociedad se vertebra en cuatro órdenes de vida: el económico, el político, el jurídico y el cultural. Esta ultima palabra es en verdad también un nombre colectivo,  pues ella nombra  como órdenes articulados pero autónomos, otros órdenes de vida humana: el religioso, el ético, el cognoscitivo, el educativo, el estético, el artístico  y, en general, en todos aquellos que tienen como agente activo principal el espíritu del hombre en libertad. Razones de economía en la exposición me llevan a englobarlos a todos bajo el nombre de “orden cultural”.

Estos cuatro ordenes de vida social hay que ubicarlos  – en un imaginario dibujo -  en medio de dos órdenes extrasociales: por debajo, el orden material de la naturaleza, cuyas estructuras y leyes van poniendo en claro las ciencias naturales. Por encima el orden de la realidad espiritual, cuya composición y leyes tratan de esclarecer las ciencias del espíritu.

 

12. Así imaginado el esquema, dada la estructura corpórea del hombre, como parte de la naturaleza, es comprensible el orden económico sea considerado como un orden fundamental (en el sentido de cimiento de la vida material , social e individual). Esto lo ubica (en el imaginario dibujo)  por debajo del orden político y jurídico y directamente encima del orden de la naturaleza. No se debe olvidar jamás  que el orden económico es el orden social humano por el cual,  en diversa cooperación, los hombres extraen de manera directa del orden natural lo que necesitan para su vida individual y colectiva.

 

13. Por encima del orden económico habría que dibujar el par orden político y orden jurídico . El primero se constituye para satisfacer la necesidad de gobierno (en sentido de la ciencia cibernética). El segundo, a la misma altura  , el orden jurídico. Ambos ordenes están conectados entres sí, sirviendo el jurídico de referencia al orden político para poner en existencia al derecho positivo . A éste habría que dibujarlo como una “aureola”  o  circunferencia sobrepuesta al orden jurídico, porque es de éste su manifestación. El derecho positivo  reactúa sobre el orden político imprimiéndole la forma de algún tipo de Estado (por ejemplo el Estado de derecho, republicano, federal, etc).  También reactúa  sobre el orden económico, imprimiéndole la forma propia de  alguno de los tipos económicos primordiales (por ejemplo, economías de dirección central o economías coordinadas por mercados) .

 

14. Sobre los tres ordenes – el económico, el político y el jurídico – habría que dibujar el orden cultural, nutrido por las percepciones del mundo espiritual , cuyos productos, como la llovizna dorada del Júpiter mitológico, caen sobre aquellos tres órdenes. La intención es subrayar que la economía, la política y el derecho han de ser “espiritualizados”; pero esta espiritualización sólo puede provenir del orden cultural y no de ningún  otro. 

 

15. Esta descripción era necesaria para destacar que la sociedad como un todo unitario,  distinto de sus partes integrantes,  tiene también una pretensión que satisfacer, si ha de ser el hábitat de sus miembros. Esta es una pretensión compleja que requiere de sus miembros aportes para satisfacer el derecho existencial de la sociedad.  Estos “aportes” son los recursos del Estado.

Está claro que cuando el Estado carece de los recursos materiales necesarios para sufragar los gastos que demanda la oferta de bienes públicos, estos bienes no pueden ser satisfechos. Pero también es igualmente claro que cuando el Estado se hace de estos recursos de manera inapropiada, acaba por dañar a la sociedad y a sus habitantes.

En una economía desarrollada, los recursos del Estado son obtenidos en valores de obligación y no en valores de producción. Esto es, en títulos de crédito (entendido el término en sentido amplio) entre los que se destaca el papel moneda. La historia contemporánea y la historia Argentina en especial, muestra que esos valores de obligación han sido obtenidos de tres fuentes: el financiamiento público (endeudamiento), los impuestos (obligación legal de pagar sumas de dinero calculadas en un tanto por ciento de lo producido, comercializado, vendido, etc.), y finalmente, la emisión de moneda,  económicamente falsa  en cuanto carezca de respaldo en un aumento equivalente de valores de producción.

Todos estos sistemas han sido legales; o sea creados por el ordenamiento jurídico. Vista las diversas calamidades sociales que cada uno de esos medios ha sido capaz de producir , es responsabilidad del jurista sospechar de su legitimidad. Por no asumir esta sospecha , dado el desorden social que suele producir el endeudamiento público, interno y externo, la sobrecarga de impuestos y la inflación, en las últimas décadas han florecido teorías políticas, económicas y jurídicas de dudoso valor y, en su aplicación, de pésimos resultados. Así se postula la reducción extrema del Estado (teorías del Estado mínimo), la reducción del gasto público,  al extremo de descuidar la oferta de los bienes públicos que dan sentido – no al Estado sino a la sociedad – (teorías del ajuste presupuestario) , o la formulación y aplicación del derecho positivo teniendo a la vista, de modo primario, su “costo” (Law and Economics). Sin perjuicio de la utilidad parcial de estas corrientes de pensamiento, ellas están lejos de dar en el clavo. Es decir,  de poner en evidencia el fundamento del derecho existencial de la sociedad y el modo adecuado para satisfacerlo.

 

16. En ese sentido, y para cerrar este bosquejo, digamos que debe lograrse la satisfacción de ese derecho existencial de la sociedad  de modo armónico con los  derechos existenciales de los hombres. El cumplimiento de esta tarea demanda un replanteo sobre conocimiento que brindan las ciencias jurídicas y económicas en la actualidad.

La hipótesis de trabajo para avanzar en esta tarea se puede  expresar mediante un antiguo  proverbio:  por sus frutos se conoce el árbol. Los frutos del desarrollo de esas ciencias – leyes dictadas según sus recomendaciones – han sido catabólicos para el orden social argentino. Se lo puede apreciar en los públicos datos de nuestra geografía humana:  muerte prematura de millones de niños,  la desocupación crónica de un tercio de la población trabajadora,  la “barbarización” de las costumbres por los modos de vida de millones de familias hacinadas en tugurios, antros y villas miseria,  que hacen de las principales ciudades focos sépticos para la vida,  la obstaculización que sufren millones de individuos para desarrollar su personalidad,  la humillante corriente migratoria que ha reemplazado de hecho la promesa constitucional de ofrecer un sitio  a “todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino” . Se trata , en verdad de un hecho escandaloso, toda vez que a la sazón  el noventa y nueve por ciento del territorio del país siguen siendo un desierto. A esto se debe sumar, la transformación la naturaleza real del Estado: de una organización cuyo fin es bien público, se ha convertido en el Ogro que devora a sus propios hijos.

Ambas  ciencias – la jurídica y la económica – son básicas para informar al poder político en su tarea de configurar  un derecho positivo que garantice de modo efectivo los derechos humanos individuales  en su triple dimensión (existenciales, de la personalidad y de buen orden social) conjuntamente con el derecho existencial de la sociedad. De hecho se han desarrollado de modo ciertamente erróneo.  Están  a la vista su impotencia para diagnosticar  la causa de aquellos males y , en consecuencia, el reiterado fracaso de los remedios recomendados. Esto último ha traído como daño colateral el descrédito de las instituciones políticas, sus integrantes e incluso del sistema democrático, republicano y federal.

Así la cosas, el reflexionar sobre los derechos existenciales del individuo y de la sociedad es cuestión primordial para afrontar la grave cuestión social que padece nuestro país.